La inteligencia emocional está íntimamente ligada a la crianza respetuosa, puesto que permite capacitar y acompañar a los más pequeños en el descubrimiento de su mundo emocional.

Hace unos meses mi peque empezó a gritar de una manera muy aguda (de esas que te taladran el tímpano) cada vez que algo le salía mal. Mi primera reacción era de enfadarme y reñirle, pero, obviamente, eso no funcionaba.

Así que en lugar de entrar en una espiral de gritos, empecé a preguntarle «¿Qué te pasa?«. Inicialmente no me respondía, así que cambié la manera de formular la pregunta: «¿Estás enfadado? ¿Estás aburrido? ¿Estás triste?«. Y esas preguntas, mucho más fáciles de responder que la primera, finalmente me llevaban al origen de los gritos.

Este simple gesto es uno de los pilares fundamentales de la crianza respetuosa : la introducción del niño a la inteligencia emocional como una herramienta fundamental para su desarrollo.

¿Qué es la inteligencia emocional?

La inteligencia emocional fue definida por Daniel Goleman como la capacidad de reconocer nuestros propios sentimientos y los de los demás, de motivarnos y de manejar adecuadamente las emociones. Esto implica diversos aspectos como son el autoconocimiento, la autorregulación, la empatía, la habilidades sociales y la automotivación.

El estudio y desarrollo de la inteligencia emocional es fascinante y podría llevarnos horas de aprendizaje, por lo que en este post vamos a enfocarnos en aquello que nos interesa: cómo podemos ayudar a nuestros hijos a ser emocionalmente inteligentes.

¿Cómo podemos enseñar inteligencia emocional?

Identificar y nombrar: autoconocimiento

Los niños, cuando son pequeños, no saben todavía diferenciar lo que sienten. Podríamos decir que inicialmente solo saben que se sienten bien o mal y no pueden desarrollar esos conceptos más allá sin nuestra ayuda.

A medida que van aprendiendo nuevas palabras y expresiones, se nos abre la oportunidad de irles familiarizando con palabras y conceptos que estén relacionados con las emociones y sentimientos como por ejemplo:

  • Triste
  • Enfadado
  • Dolido
  • Envidioso
  • Agotado
  • Contento
  • Eufórico
  • Asustado
  • Nervioso
  • Tranquilo

Puedes hacerlo poniéndote como ejemplohoy estoy contenta porque hemos ido juntos al parque», » me he asustado cuando se ha apagado la luz», «estoy tranquila y me siento bien») o triángulando con algún personaje de cuento o de dibujos. Esta última forma sería así: «¿Has visto lo que ha pasado cuando a ese personaje se le ha roto su juguete? Parece que se ha puesto muy triste.«

También puedes comenzar a identificar y nombrar sus propias emociones cuando las detectes: «Te has puesto muy contento cuando has visto a los abuelos, ¿verdad?» o » Creo que te has enfadado con ese niño en el parque»

Recuerda que el objetivo es que aprendan a identificar y nombrar lo que sienten, sin aportarles ningún juicio de valor. No hay emociones positivas o negativas, todas son igual de necesarias para la supervivencia.

No hay emociones positivas o negativas, todas son igual de necesarias para la supervivencia. Clic para tuitear
inteligencia emocional y crianza respetuosa
Foto de Charles Nunes en Pexels

Validar las emociones

Una vez que el niño ya tiene, más o menos, una noción de qué nombre recibe cada emoción llega nuestro momento clave como padres y educadores: validar las emociones de nuestros hijos.

Y esto supone un gran esfuerzo a veces, porque nuestra sociedad y entorno considera negativas algunas de estas emociones, las evita y las anula.

No nos gusta ver a nadie llorar, nos incomoda que alguien muestre enfado y muchas personas no son capaces de tolerar el miedo, la tristeza o la ira de los niños. Sin embargo, pretender que cualquier humano (especialmente los niños) estén constantemente en un estado de calma y alegría es, sencillamente, imposible.

Estar enfadado, triste, melancólico, desanimado…no es malo, es una respuesta de nuestro cuerpo a una situación o estímulo. El problema es no saber gestionar esas emociones correctamente y transformarlas en conductas dañinas o equivocadas. De ahí la importancia de enseñar desde bien pequeños a sentir todas esas emociones de manera saludable y que aprendan a manejarlas adecuadamente.

Para validar las emociones de los niños en un momento de rabieta o conflicto podemos usar una fórmula muy sencilla, te pongo algunos ejemplos:

  • «Sé que estás enfadado porque no te he comprado ese juguete»
  • » Te has caído y te has hecho daño. Imagino que te has asustado, ¿verdad?»
  • «Parece que te has puesto triste porque nos tenemos que ir ya»

En este caso el niño percibe que : a) nos hemos dado cuenta de que está sintiéndose mal, b) somos capaces de empatizar y de identificar cómo se siente y c) que comprendemos el motivo de su malestar.

Empatizar con lo que siente

Quizá para un adulto que se rompa un juguete que ha costado un euro no sea gran cosa. O que caerse sobre la arena del parque sea algo sin importancia. Pero en el mundo de los niños cualquier cosa es enorme, y sus conflictos tienen una magnitud colosal.

Cuando empleamos frases como «no es para tanto, llorar es de bebés, si no ha sido nada, qué exagerado eres, eso son tonterías,…» al niño le están llegando todos estos mensajes:

  • No está bien llorar ni expresar lo que siento
  • Lo que me pasa no es importante
  • Lo que siento está mal, hay algo mal en mí
  • No me comprenden

Por eso validarveo que te has enfadado porque no quieres irte a casa«) y empatizar («yo a veces también me enfado cuando algo me sale mal») es tan importante para que nuestro hijos desarrollen una inteligencia emocional que les permita crecer como adultos felices y estables. Además, esta sinergia entre inteligencia emocional y crianza respetuosa te facilitará tener una relación mucho más estrecha y rica con tus hijos.

Foto de Kamaji Ogino en Pexels

Enseñar a gestionar las emociones

Uno de los momentos más poderosos que he vivido como madre en este aspecto ha sido el siguiente: (momento verídico 100%)

«Piscina municipal, vestuario, momento de vestirse para irnos a casa. Se desencadena una rabieta con gritos, insultos, manotazos, pataleo en el suelo, lanzamiento de objetos por los aires,…vamos, el pack completo. Yo, como podéis imaginar, desesperada intentando que se pusiera la ropa y agotando todos mis recursos a la vez que aguantaba la mirada inquisidora y comentarios de los usuarios del vestuario allí presentes.

De pronto se me encendió la lucecita y le pregunté «Cariño, vamos a ver, ¿Cómo estás?« Para mi sorpresa en lugar de contestarme «enfadado» (que era lo que parecía) me dijo «estoy triste«.

Y ahí se me abrió el cielo porque era la solución más fácil del mundo: » entiendo que estés triste porque no querías salir de la piscina, ¿te apetece llorar un poquito?» Tal y como suponía se obró el milagro, unos tres minutos de llanto, emoción bien gestionada y situación resuelta. Fin de la rabieta y vuelta a la normalidad»

Si cuando estamos alegres el cuerpo nos pide reír, debemos entender que si un niño está triste se le debe dejar un espacio para liberar toda esa tensión en forma de llanto. Y sucede igual con el miedo, la rabia, la envidia… La solución no es ocultar ni evitar esas sensaciones, sino darles la oportunidad de manifestarlas de alguna manera.

La solución no es ocultar ni evitar las emociones, sino darles la oportunidad de manifestarlas de alguna manera. Clic para tuitear

Cómo verás, el manejo de la estas situaciones puede ser complicado al principio y requiere de un entrenamiento por nuestra parte. Pero te garantizo que el cambio que se produce en el comportamiento de los pequeños es enorme y que los conflictos se resuelven mucho más felizmente para todos con esta técnica.

Por último, te quiero recomendar (si es que aún no lo conoces) «El monstruo de colores», que es un libro fundamental para enseñar a los peques a identificar sus emociones y que nosotros hemos leído hasta la saciedad . Además, este libro que da pie a trabajar con manualidades, inventar historias o incluso jugar con muñecos como los que puedes encontrar en el perfil de instagram de Laida y que ilustran la foto de la portado de este post.

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